|
JOSÉ BATLLE Y ORDÓÑEZ
A 150 años de su nacimiento
Conferencia
dictada por Daniel Vidart en la Fundación "José Batlle y Ordóñez"
el viernes 19 de mayo de 2006, Palacio Legislativo.
Compatriotas, amigos de las dos
orillas, batllistas de ayer y de hoy: Siento que es todo un desafío
referirme aquí y ahora a la figura y la obra de Don José Batlle
y Ordóñez a los 150 años de su nacimiento.
En efecto se trata de condensar y valorar en un lapso angustiosamente
breve el impacto de sus ideas y sus acciones en la creación de nuestro
ser nacional contemporáneo, una entidad cuya entelequia determinante
va mucho mas allá de la modernización del país, como ha sucedido
a partir del primer tercio del siglo XX, o del hombre que creó su
época, como dice Vanger, o del político por excelencia cuyo pensamiento
y cuya obra hacen posible la comprensión del Uruguay en que hoy
nos toca vivir, como afirmaba Carlos Rama
Antes de comenzar permítanme un recuerdo personal. Yo nací en el
año 1920 en Paysandú, hecho que me hace contemporáneo de Batlle.
A pesar del foso cronológico que nos separaba, mi padre, que fue
dos veces representante nacional del batllismo por ese departamento,
solía llevarme de niño a las Convenciones y Asambleas que se celebraban
en el Teatro Royal. Allí conocí a Don Pepe. Me parece verlo sentado
en el estrado, erguido e imponente su torso de gigantón, con sus
manos, abiertas como estrellas, apoyadas en las rodillas poderosas,
alborotado el cabello canoso que mesaba de cuando en cuando, calma
y precisa su voz.
De todo él emanaba como un aura de autoridad, una especie de halo
tutelar que imponían un tácito respeto, una admiración generada
por lo imponente de su figura, por lo breve y tajante de sus conceptos,
por la didáctica precisión de su juicios. Y cuando regresábamos
con mi padre, el diputado batllista Loreto Daniel Vidart, a un hogar
donde la personalidad, las ideas privadas, las acciones públicas
y la evocación de los hechos y dichos de aquel guía de conductas
y forjador de opiniones eran la infaltable rutina de los largos
almuerzos y las conversadas cenas, yo me sentía como una especie
de minúsculo hijo espiritual del Maestro que, con su sola presencia,
había cautivado mi atención y despertado mi respeto.
Más tarde, de muchacho, nutrido por lecturas humanísticas, yo lo
veía como al Atlas rioplatense que había cargado sobre sus hombros
un país entero para recrearlo desde una valerosa raíz oriental que
por esa época enriquecía la cepa criolla del pueblo trabajador uruguayo
con el legado carnal y cultural de un torrente de inmigrantes.
Que el trabajo sea exonerado
de impuestos
Y a propósito deseo recordar alguno de sus pensamientos acerca del
trabajo para esclarecer ciertas oscuridades, cuando no tinieblas,
imperantes en nuestros días. Decía Batlle: " Yo propongo que el
trabajo sea exonerado de impuestos". "Yo creo que siendo tan beneficiosos
los resultados del trabajo, no deben cercenarse las satisfacciones
a quienes producen". "El impuesto a la renta, que parece no pesar
más que sobre los que están en las mayores alturas en la dirección
de las empresas, desciende hasta los más necesitados y los reduce
a la miseria". No son estas afirmaciones retazos arqueológicos de
un clausurado contexto social sino advertencias que gravitan en
el escenario contemporáneo con el perenne sentido de la justicia
conmutativa y distributiva que guiaba los fuertes pasos de aquel
grande hombre, quien ahora, a la distancia, se me antoja como una
suerte de Prometeo político y moral.
Justicia para todos
Por eso no resulta ocioso repetir un manido estribillo que, por
arte multiplicatoria, propagaba a los cuatro vientos de la patria
una consigna que era también el santo y seña del credo batllista:
"Justicia para todos. Justicia para nosotros y para nuestros adversarios.
Justicia para nuestros hijos y los hijos de nuestros adversarios".
Expliquemos esto. Batlle no definía como enemigo a quien no compartía
sus ideas: sólo reconocía adversarios políticos.
Y al pueblo, desde el punto de vista social y cultural, lo remitía
al concepto de ciudadanía, con todos los derechos y deberes que
tal condición entraña.
Por mi formación intelectual y mi trayectoria de investigador de
la cultura uruguaya, me precio de conocer las líneas maestras de
la historia nacional.
Pero cuando en estos días repasé la copiosa bibliografía donde constan
los logros materiales, institucionales, económicos, sociales, culturales
y políticos de Batlle y el batllismo, del conductor y el equipo
de hombres jóvenes, ilustrados y valientes, que lo acompañaron en
su colosal, casi increíble empresa, no pude menos que estremecerme,
que sentir una especie de vértigo ante la apretada sucesión temporal
y por ende cuantitativa, de la obra tangible e intangible del batllismo
primerizo. Tras ella se desencadenó una superior impronta cualitativa,
esa sí intemporal, que hizo viable a una nación tocada por el soplo
de un Espíritu que, como en el Génesis bíblico, aleteaba sobre las
aguas de la historia. Ese soplo no era otra cosa que la potencia
creadora de aquel demiurgo que desde la meditación filosófica emprendida
por un espiritualista temprano, aleccionado por Prudencio Vázquez
y Vega, pasó a la acción .Y en este caso conviene recordar que el
Batlle juvenil soñaba, antes de bajar de los cielos a la tierra,
con los posibles mundos habitados del espacio sideral. Cuando mozo
le hubiera gustado ser astrónomo y a los 72 años pensó adquirir
un telescopio, compra que se frustró, para recrearse con la contemplación
del universo estrellado. Pero lo humano, con sus miserias y grandezas,
prontamente lo atrajo con fuerza irresistible.
Domingo Arena, su amigo y colaborador proveniente del campo anarquista,
como tantos otros de sus partidarios - ése fue tambien el caso de
mi padre - así lo cuenta. "Lo que movió a Batlle a lanzarse a la
política fue la indignación profunda que le produjo el predominio
de la injusticia, de la crueldad, de la rapiña. Le pareció que era
un deber elemental colaborar en la destrucción de aquellas situaciones
ominosas. Hubiera muerto de vergüenza si se hubiera quedado inactivo
e indiferente".
Y bien. Como resulta imposible resumir aquí y ahora el cúmulo de
los proyectos y realizaciones que Batlle entregó a su pueblo, a
su partido, al acerbo institucional de una América Latina aquejada
por la pobreza, lastimada por la explotación de los más débiles
y ensangrentada por la prepotencia de los dictadores, remito a mis
oyentes a un texto de historia, por ejemplo, el que dedicara Benjamín
Nahum a la época batllista, claro y accesible a la vez. En pocas
páginas se ofrece un inventario del alucinante cúmulo de estructuras
materiales, mesoestructuras sociopolíticas y superestructuras culturales
surgidas entre los años l905 y l929. El lector quedará sorprendido
y emocionado ante aquel ímpetu constructivo tanto en el orden material
como en el espiritual que dio alas y vuelo al ideario del primer
batllismo que yo, sobreviviente de una Edad de Oro, aún profeso.
Por ello, porque el desarrollo temporal del drama humano tiene corsi
y recorsi, decadencias y renacimientos, no debe descartarse que
tras la historia fáctica, o sea la praxohistoria, sobrevenga la
arquitectura ideal de una metahistoria que algún día construiremos
los uruguayos sobre los cimientos de un edificio político cuyas
gloriosas ruinas no son los testimonios marchitos del pasado sino
las simientes de un cercano futuro.
La libertad
Batlle creía en la libertad y en el libre albedrío que distinguen
a nuestra especie de los otros integrantes de la escala zoológica.
Rechazaba, además, el excluyente determinismo económico, dado que
, planeando sobre "el interés" - estas son sus palabras - "la idea,
la verdad, también apasionan al hombre".
Creía en la evolución antes que en la revolución, en la democrática
prevalencia de las mayorías políticas: el partido triunfante en
los comicios debe gobernar con sus hombres, sin entreverar el mazo
ideológico. Del mismo modo que Nietzsche, quien en su momento dijera
" Oh voluntad de mi alma, a la que llamo destino", Batlle, en el
primer editorial del diario El Día, por él fundado en el año de
1886 después de la fracasada aventura revolucionaria emprendida
contra el tirano Santos, el guerrero transformado en periodista
había escrito: "Siempre hay un camino abierto para los hombres de
buena y fuerte voluntad".
Dios
Muchos suponen que su lucha contra los dogmas religiosos, en especial
el católico, por entonces dominante en el país, lo había alejado
de Dios y era por lo tanto, si no un ateo, un agnóstico cabal. No
obstante, en una clase dictada por Eduardo Acevedo en 1944, éste
afirmó, ante un asombrado auditorio: " Siendo Batlle y Ordóñez presidente
del Consejo Nacional de Administración, tuve que ir yo a Piedras
Blancas para consultarle un punto de la Carta Orgánica del Banco
de la República...Terminada la conversación le referí a Batlle,
con quien yo cultivaba una vieja y afectuosa vinculación, que, en
esos días, había roto muchos papeles estudiantiles, entre los que
figuraba una libreta con estos títulos: Argumentos para probar la
existencia de Dios. Argumentos para probar la inmortalidad del alma.
Argumentos contra la divinidad de Jesús. Yo conservo - le dije -
las mismas ideas que entonces. ¿Y Vd. ? agregué. Sí - me contestó
- algo por el estilo".
Traigo esto a cuento no como anécdota menor. El viejo deista, que,
sin manifestarlo públicamente, creía en la existencia y grandeza
de Dios, edificó sobre el secreto cimiento de lo sagrado, dignificando
así la profanidad de la vida cotidiana, las paredes de la casa de
la libertad y a partir de ella, proyectándose al campo abierto de
la política, fue el incansable predicador de las excelencias de
la democracia directa, en lo colectivo, y de la majestad voluntarista
del libre albedrío, en el fuero personal de la criatura humana.
Todos los antecedentes apenas esbozados lo indujeron a ponderar
la necesidad del sufragio universal. "En las democracias, escribió,
los desheredados son los más fuertes porque son los más". Y sin
poder imponerlo, bregó por el establecimiento del plebiscito, por
la consulta a la voluntad del pueblo, colocando así, a la sombra
del anarquismo que por entonces privaba en la clase obrera rioplatense,
las excelencias de la soberanía popular .
En efecto, la capacidad creadora y transformadora del pueblo como
representante verdadero del poder político muerde aún más fuerte
que el Leviatán del Estado.
Este pueblo, para ejercer su poder, sostenía Batlle, debe ilustrarse,
debe ser educado y enseñado para poder actuar de modo eficaz en
la cosa pública. De tal modo sembró escuelas diurnas y nocturnas,
multiplicó el número de liceos, especialmente en el interior del
país, capacitó a la mujer y al obrero, y luego, como culminación
del estadio pedagógico, procuró encauzar estos contingentes así
entrenados en las filas de un partido, es decir, de su Partido Colorado,
una casaca que siempre le quedó chica al cuerpo del batllismo, para
que las aspiraciones y necesidades populares no fueran trampeadas
por las minorías oportunistas y los grupos oligárquicos.
Este partido funcionó, gracias a su empuje de organizador y dinamizador,
con conciencia y estructura democráticas. Por ascensión capilar
se inició la marcha desde las raíces, a partir del Club Seccional,
aquella famosa "escuela ciudadana" cuya ausencia reclama hoy, antes
que las alabanzas de la memoria, los instrumentos estructurales
y funcionales que revivan su antigua eficacia.
Desde aquí, desde este semillero de reclamos e iniciativas, de capacitación
y fogueo, se sube por un escalón selectivo hacia el Comité Departamental
y tras los umbrales de este órgano catalizador, se abren las puertas
del Comité Ejecutivo Nacional para, finalmente, coronar el delicado
y osmótico sistema con la Convención del Partido, la gran caja de
resonancia de lo múltiple que tiende hacia la unidad y de la unidad
que respeta el color local, la tendencia y el matiz de lo múltiple.
¿Fue Batlle el fundador de un inicial populismo, el alfarero de
una mesocracia satisfecha de su vulgaridad y sanchopancismo, el
auriga de un Estado Benefactor arrastrado por los caballos negros
( en este caso colorado ) y blanco del mito platónico, el fabricante
de una burocracia etnocéntrica, con mente de almacenero minorista,
el padrino pelado de una nación sin sueños de grandeza y sí rebosante
de doradas y satisfechas medianías, como opinan los detractores
y los críticos del batllismo, o el arquitecto de La Suiza de América,
del Laboratorio del Mundo, de la Utopía que se trasmuta en Paraíso
de los Locos, como apunta Real de Azúa en El impulso y su freno
?
En otros párrafos, este mismo autor esboza unos conceptos que definen
por lo alto y sin entusiasmo, pero con buena puntería, lo que, reflejada
en el espejo de la historia, muestra la obra de Batlle y el batllismo".
Calando más hondo, hay probablemente una serie de rasgos, difusos
pero efectivos, que hacia esos tiempos reclamarán el término de
"progresista" para un régimen que se asiente en zona céntrica o
periférica del mundo. Son, por ejemplo, el reemplazo de las estructuras
militares por las civiles; de las agrario - campesinas por las urbanas
e industriales. O la sustitución de vínculos desde lo comunitario
y estamental a lo individual y contractual. O de las pautas desde
lo espontáneo e intuitivo a lo racional y deliberado. O la de los
valores desde lo religioso y tradicional a lo científico y moderno".
Real de Azúa y Benedetti opinan
Sin embargo, en posteriores páginas, refrenando un entusiasmo que
se esconde en las entrelíneas - Real de Azúa no era batllista -
traza el siguiente retrato de aquel inigualado líder que, como un
mago, sacó de una raída y arcaica galera las sorpresas gratificantes
de una nación vigorosa, de un Estado providente, de un inédito mediodía
ciudadano, y todo ello potenciado por las recompensas de una cultura
física triunfante y una cultura espiritual creadora.
Luego de referirse en apretada síntesis a los logros de aquellos
treinta años deslumbrantes, pese a las oscuridades, que nunca fueron
ocasos, impuestas por las malandanzas de las instituciones y la
veleidad de los hombres, nuestro autor expresa: "Por todo eso [
lo generado por el pensamiento y la acción del batllismo] resulta
insoslayable el hombre que estaba al frente de esa obra. Un hombre
con calidades de político diestrísimo pero también, a la vez, con
eficaz y auténtica aureola de apóstol, misional y mesiánico. Un
hombre capaz de unir sin hipocresía una viva suscitación de la espontaneidad
popular - estaba sin duda dotado de una honda fe en el hombre común
- y el peso de una personalidad que por su misma irradiación caudillesca
importaba, tal vez a pesar suyo, una coherente, autoritaria jefatura
política. [...] aún a la distancia, suena algo así como una fresca
melodía creadora".
Ahora, como anticlimax, deseo citar dos juicios que figuran en el
Cuestionario Proust contestado hace un año por medio centenar de
compatriotas más o menos ilustres. A la pregunta ¿Qué reforma admiras
más? solamente dos interrogados contestaron de modo semejante. Uno
fui yo. Dije, lisa y llanamente, "La de José Batlle y Ordóñez".
Pero fue más explícito y diría que más respetuoso aún, un intelectual
contestatario, escritor de gran prestigio en el país y en el exterior.
Este contestó: "La que impulsó en Uruguay don José Batlle y Ordóñez,
en educación y en desarrollo político y social". Esta respuesta,
señores, fue la de Mario Benedetti.
Un sistema coherente de valores
Advierto, para terminar, que sin la obra y la ideología de Batlle,
donde la política más de una vez quiso ir de la mano de la moral,
pese a la famosa Raison d ´Etat, no es concebible este país, hoy
huérfano de aquella generación de obreros del espíritu que también
fueron estadistas en el más alto sentido del término. Hay un estilo
batllista de savoir faire, de sobriedad administrativa, de conocimiento
y manejo de la cosa pública, del arte de gobernar, de destreza en
el relacionamiento interno y externo, de democracia infusa que empareja
por lo alto pese a las escasas tentativas de emparejar por lo bajo,
de asunción popular de una conducta colectiva maleada por la dignidad
y la mesura, de modestia que no es signo de desamparo sino de sereno
dominio de las situaciones, es decir, en definitiva, que hay un
tono, un sistema coherente de valores políticos y sociales que atraviesa
toda la historia del Uruguay contemporáneo, sea cual fuere el partido
que está en el poder, cuyas acciones y pasiones apuntan al blanco
de una identidad nacional definida por los aciertos y aún los humanos
errores del batllismo, esa palanca política de la historia forjada
por la titánica personalidad de quien fuera la más importante figura
del país independiente.
Vuelvo a mi niñez, a mi juventud. Y vuelvo a sentir el grito que
venía desde los barrios pobres, desde el rescoldo racional de los
mareados y la afectividad controlada de los lúcidos, desde los que
tenían hambre y sed de justicia, desde los que sentían la alegría
de vivir en el seno de un pueblo pequeño y a su modo poderoso, bien
alimentado de cuerpo y alma, sobrio en sus ademanes y recatado en
sus encuentros con el Otro. Ese grito está vivo, ha vencido la muerte
de una época y el infortunio de sobrevinientes años oscuros.
Yo lo repito y grito también a todo pecho, a todo corazón: ¡Viva
Batlle !
Portada
|