JOSÉ BATLLE Y ORDÓÑEZ
150 AÑOS DE VIDA
21 de mayo de 1856 - 21 de mayo de 2006

Anotaciones para una cronología de su vida y su obra
Alba Cassina de Nogara

CRÍMENES PASIONALES
El Día, 29 de Agosto de 1929

Puede decirse que todos los crímenes son pasionales. La ira, el odio, el amor al dinero, la vergüenza, son pasiones a veces irrefrenables. Pero se ha dado en llamar así a los crímenes que intervienen el amor o la atracción sexual.

Asimismo, hay crímenes en que intervienen estos últimos motores y que no reciben tal nombre. El robo que lleva al asesinato es, con frecuencia, un crimen originado por el amor. Con frecuencia el ladrón va en procura del dinero que necesita para complacer a la mujer amada, o para llenar sus necesidades más premiosas, o para aproximarse a ella, o para no perderla. Su propósito no es matar; pero es sorprendido y mata. La designación de crimen pasional, no se aplica pues, aunque casi todos los crímenes son pasionales, sino a aquellos en que la víctima es la persona que causa la pasión.

Hay una tendencia generalizada a mirar estos crímenes con menor horror que los otros. Se compadece, no sólo a la víctima, sino que también al victimario. Y, a veces, más al victimario. Y, a veces, más al victimario. Son, sin embargo, verdaderos crímenes. Nadie tiene derecho a atentar contra la vida de otra persona, ni a causarle grandes males, erigiéndose en juez, muy parcial, de las ofensas, que medien entre él y ella. Un ser verdaderamente superior debe reprimir su pasión en casos de esta especie, por violenta que sea.

La compasión popular rodea al que mata y se mata. Se conceptúa que el dolor ha llegado al paroxismo; que la razón ya no ha podido tener imperio sobre los actos. Aquellos mismos que piensan que nadie puede disponer de la vida de otro, miran con menos prevención al criminal que se ha castigado a sí mismo aplicándose la pena máxima. El bárbaro Otello no inspira piedad.

Se conceptúa, además, en general, que la vida se había hecho imposible ya para el criminal y el pensamiento se inclina a responsabilizar a la víctima de esa situación desesperada. ¿Cómo quien tanto amaba, quien prefirió morir a verse privado de su amor, no fue, también amado?

Se encierra en este modo de sentir la posibilidad y la probabilidad de un grave error. No siempre el que ama es digno de ser amado. Las pasiones más profundas las inspiran los seres más superiores, que no están obligados, por eso, a amar a aquellos a quienes las inspiran. Sin embargo, estos mismos seres superiores pueden equivocarse.

Cuando se despierta un fuerte amor, los novios se idealizan el uno al otro. Con verdadero encanto se atribuyen las más hermosas cualidades. Y, al mismo tiempo, se esfuerzan en ocultar los grandes o pequeños defectos que cada uno se reconoce a sí mismo. En el fondo de un gran amor suele caber así, un gran engaño, que puede disponerse antes o después del matrimonio. Y la mujer por ser generalmente más joven, más inocente, más pura, con menos experiencia de la vida, es casi siempre la víctima de ese engaño.

¿Tiene derecho el novio a quien se despide a tiempo, a privar de la vida a la joven a quien no ha sabido cultivar? ¿Puede el marido, que en el curso de la vida doméstica ha revelado sus defectos, ocultos hasta entonces, y, a veces, capitales, obligar a la mujer a soportarlos y negarles la liberación que la ley le concede, cuando la vida en común ya es para ella imposible? Nada atribuye al novio el derecho de imponer su interés o su pasión; y, en cuanto al marido, la ley que ha creado el vínculo autoriza a la mujer a romperlo sin expresar los motivos de su acto, sabiendo bien cuán pesada suele ser para ella la tiranía del más fuerte, que se establece con frecuencia en la vida conyugal y cuán difícil de explicar son los conflictos sin solución que pueden nacer entre un hombre y una mujer obligados a vivir unidos.

En tales circunstancias es inadmisible que un hombre se erija en juez de su propia causa, abusando de su fuerza bruta y falle contra lo que la ley dispone, aplicando a la mujer la pena que no tiene reparación posible y la de mayor barbarie; pena que, además, sume casi siempre en duelo a toda una familia, y que parecería reconocer toda la razón a quien la ejecutara, si quedara impune. Para que un funcionario público hiciera abstracción en tales casos de los principios fundamentales de derecho, que consagran el respeto a la vida, sería necesario que faltase abiertamente al deber de su cargo, y, además, considerado su fallo del punto de vista moral únicamente, que haya creído penetrar en los más recónditos misterios de la vida de la víctima y del victimario, guiado sólo por los informes de éste, habiendo quedado cerrados para siempre los labios de aquélla.

Nos impresionan profundamente los dramas pasionales en que el asesino se mata a su vez. No podría aplicarse a sí mismo más grave pena. Por su mano ha desagraviado a la sociedad, herida injustamente en uno de sus miembros. Nada queda que hacer para reprimir el atentado. Además, lo repetimos, el matador nos inspira compasión.

Su dolor ha sido inmenso; él lo ha juzgado sin consuelo; la perturbaciones de su alma lo ha llevado, no a atentar contra un semejante, nada más, sino a destruirse así mismo. Ante tan honda conmoción nos decimos: “¡Quién sabe! ¡Tal vez fue muy culpable la víctima!” pero nuestra protesta se mantiene en pie: nadie tiene derecho a disponer de la vida de otro; nadie puede juzgar por sí mismo, en su propio asunto, por más grande que sea su pesar. Y si el suicida no podía vivir sin la mujer querida, podía destruir su propia vida, pero no la de otro, inocente acaso, acaso causante del mal si medir su magnitud.

Estas mismas consideraciones y sentimientos no se despiertan en nuestro espíritu cuando, en el crimen pasional, el matador mata a su novia o a su esposa y se queda muy fresco, o poco menos, planteando tal vez una nueva agradable existencia. Entonces, todas las simpatías de los corazones bien puestos son para la mujer, ligada en vida a un hombre que era capaz de matarla y continuar viviendo. No descubrimos en el asesino la honda perturbación, la inmensa amargura del suicidio. No nos sentimos inclinados a atribuirle más que ira incontenida, orgullo herido, despecho sin medir, venganza inicua o injusticia sombría; sospechamos que exige de las mujer una fidelidad no correspondida, y castigada con la muerte la falta a esa fidelidad, en que él incurre con escasos miramientos.

Sólo una sociedad medioeval podría mirar con simpatía o con tolerancia estas sangrientas violencias. La mujer estaría siempre expuesta a la torpe furia del hombre a quien ya no pudiese amar, y ese hombre tendría un derecho de vida y muerte sobre ella, que se vería privada de la moral pública y de la ley. Estos señores de horca y cuchillo nos habrían contemplar con frecuencia el doloroso espectáculo de seres delicados y débiles, casi siempre inculpables, sacrificados al egoísmo y a la soberbia o a pasiones injustas y turbulentas.

(La transcripción de este artículo me fue proporcionada por el inteligente investigador Lic. Daniel Pelúas, que fue quien primero leyó este trabajo que con sumo placer se lo entregué en un disquet, alentada por la seriedad con que realiza sus investigaciones que entre otros trabajos se reflejan en su obra “Ideología Batllista – Componentes y modelo” y que próximamente editará una obra sobre una historia no oficial de BATLLE) (Julio de 2001)

SETIEMBRE 10- Esta es la última fecha en que BATLLE concurre a las sesiones del Comité Ejecutivo Nacional.

SETIEMBRE 18 (miércoles) - Batlle ingresa al Sanatorio Italiano a las 9 menos 10 de la noche, donde le será practicada una delicada intervención quirúrgica. Lo operaron el 20 a las 8:30 Hs. de la mañana.

OCTUBRE 11- (viernes) Le dio el primer síncope a las 7:15 Hs.

OCTUBRE 20- (domingo) A las 12:10 Hs., segundo síncope y el último. (Anotaciones en una libreta de Doña Ana Chervière de Batlle Pacheco)

OCTUBRE 21- Ley. Se autoriza a la Presidencia de la República a tributar honores oficiales a los restos de Don José Batlle y Ordóñez.

Poder Legislativo.

El Senado y la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, reunidos en Asamblea General,

Decretan

Artículo 1º. Autorízase a la Presidencia de la República a tributar a los restos del ex Presidente Don José Batlle y Ordóñez, en el momento de su inhumación, los honores destinados por nuestro Código Militar para el Jefe de Estado.

Artículo 2º. Los gastos que demande la inhumación de esos restos serán costeados por el Tesoro Nacional.

Artículo 3º. Destínase el Salón de Pasos Perdidos del Palacio Legislativo para que sean expuestos en él hasta el momento del sepelio los restos de aquel eminente ciudadano.

Artículo 4º. Comuníquese, etc.

Sala de Sesiones del Senado, en Montevideo a 21 de Octubre de 1929.

Juan B. Morelli

Presidente

Ubaldo Ramón Guerra

1er. Secretario.

Ministerio de Relaciones Exteriores.

Ministerio de Guerra y Marina.

Ministerio del Interior.

Montevideo, octubre 21 de 1929

Cúmplase, comuníquese y publíquese.

Campisteguy

Rufino T. Domínguez

Manuel Dubra

Eugenio J. Lagarmilla

OCTUBRE 30- Artículo publicado en EL Día sobre el homenaje tributado a BATLLE en la Convención Nacional del Partido Colorado. ...“Luego de ejecutada la Marcha Fúnebre de Chopin... y cuando, con el último acorde, pareció que el sentimiento lacerante llegaría a planos inimaginables, desde la tribuna, emocionada pero vibrante, surgió una voz: “¡Ahora, arriba corazones! ... ¡Viva BATLLE!”

-----

No podemos cerrar así, casi abruptamente, una cronología que puede calificarse “sui generis” y que expresamente he pedido que jamás se publique, sin transcribir del gran amigo de Batlle, Domingo Arena, su reseña sobre “Los últimos preparativos para el ingreso al Hospital”. Quizá su lectura pueda ir preparando, a quienes sientan tan profundamente a Batlle como mi familia y yo lo hemos sentido, (toda la familia Cassina y la familia Bomio, sin excepciones) a aceptar con gran dolor el fin de una vida dedicada enteramente a defender los valores humanos y a procurarnos el “Estado de bienestar”, definición mucho más elocuente y realista que el indefinido “estado del alma”.

...Un día, casi inesperadamente, se determinó que el 18 de setiembre, se instalara en el Hospital Italiano. Me inquietó que se hubiera dispuesto que tomara digitalina. ¿Es que no estaba bien del corazón?. El no lo sospechaba siquiera y yo no tenía referencias concretas. Batlle contaba, al contrario, que un gran especialista, que lo había examinado en Europa, en su último viaje, le había asegurado que podía dormir tranquilo “sur les deux oreilles”, repetía textualmente. Recordaba también, que una vez Ricaldoni, a raíz de una alarma, después de un examen atento, lo había abrazado con emoción, diciéndole que no tenía nada grave. Pero ambos recuerdos eran lejanos. Porque Surraco, cuando estaba por intervenir, me subrayó que se trataba de un caso serio, entre otras razones, porque el enfermo tenía un corazón viejo, y que si se decidía a intervenir al fin, era porque se lo exigía Batlle, y el mal empezaba a no darle alce.

Agregaba, es cierto, que era frecuente que los enfermos que iban a aquella operación, impuesta casi siempre por razones de edad, por lo general tienen en el corazón alguna cosa. ¿No acababa de salir de la prueba el señor Tabárez, cuyo corazón estaba tan mal, que según su gráfica expresión, parecía una calandraca?

El 18 por la noche, después de la cena frugal de costumbre, sin ningún aspaviento, sin introducir el menor orden en sus cosas de uso frecuente, despidiéndose de la familia como para un paseo, Batlle tomó el auto rumbo al hospital. Lo acompañaba su hijo Rafael, yo, y Mendieta. Dominados por su serenidad, íbamos sin preocupación aparente, hablando de trivialidades. Cuando enfrentamos a la capillita de Maroñas, sobre Cuchilla Grande, Batlle dijo jovialmente a su hijo: “¡Este Arena, es a ratos tan absurdo, que es capaz de haberle pedido a esa virgen que me ayude!". -“¡Me había adivinado parcialmente el pensamiento, porque, precisamente, en ese instante, lo estaba recomendando mentalmente a mi pobre mujer, que es la santa de mi devoción!”.

Entramos al hospital por la puerta chica que da al bulevar. Nos recibieron el señor Andreoni, la hermana Evelina y un par de enfermeros. Batlle saludó amablemente como si llegara de visita. Se le condujo a la pieza que se le había destinado, y en medio de ella permaneció un rato de pie, dirigiendo a las paredes blancas, a la cama, a los escasos enseres que la alhajaban, la atenta y tranquila mirada circular que debió haber destinado a la celda en que alguna vez, por sus prédicas, lo encerraron.

Después se sentó, cambió con los que tenía a su alrededor algunas palabras de cortesía, y al cabo de algunos momentos anunció que quería acostarse. Lo que significaba que deseaba quedar solo, porque para él, quitarse las ropas, era una intimidad que no admitía testigos.

Antes de dejarlo me creí en el caso de recordarle, que aunque me disponía a destinarle los días enteros mientras estuviese allí, de noche no debía contar conmigo. A lo que me contestó con la característica medida que ponía en sus relaciones afectivas: “¡Pero, cómo puede ocurrírsele que yo tenga semejante pretensión!. A mí me parecerá suficiente el tiempo que buenamente pueda dedicarme.- Debería saber ya, que no exijo, ni siquiera me gustan, sacrificios en mis amigos!”

La intervención y las esperanzas que la siguieron. Batlle con sus amigos en el hospital

Como hacía tiempo que se le estaba preparando, los prolegómenos de la operación dentro del hospital fueron breves. No duraron más que 24 horas, durante las cuales lo examinaron atentamente, los doctores Bordoni, Posse, Galeano y Artuccio, encontrándolo al parecer bien, desde que no hicieron ninguna contraindicación.

El 20 por la mañana, día señalado porque era el de setiembre, ante la expectativa de sus hijos y allegados, se realizó la operación. Como era fácil, un simple paso preparatorio realizado por un maestro, duró un instante. Cuando se le volvió a su cuarto, y sobre todo después de los datos satisfactorios que recogiera Surraco en el examen directo del mal, nos dejamos invadir por el más franco de los optimismos. Al verle reaccionar tan rápidamente –a las pocas horas ya era dueño de sí y conversaba con naturalidad- yo empecé a pensar y decir que sacarle la próstata a aquel coloso, sería como sacarle una muela a un hombre corriente. ¡Su formidable aspecto me engañó hasta el fin, como el árbol centenario robusto y lozano, que recién cuando lo abate la borrasca se ve que está herido en el corazón!

A la mañana siguiente a la intervención, ya lo encontré incorporado en su cama articulada, con buen semblante. Había pasado una noche tolerable y se disponía a conversar. Se acordó que debíamos anunciar en nuestros diarios lo acaecido, pues no se le escapaba la expectativa del pueblo sobre su estado. Me pidió que redactara un suelto lacónico. Lo hice y lo rehice, y no le pareció suficientemente sobrio.

Hizo un ademán para tomarme el lápiz y escribir él. Como me resistiera transó dictándome las dos líneas escuetas con que dimos cuenta del éxito de la operación. Me hizo notar que debíamos ser parcos en el optimismo informativo, desde que nadie podía garantir que de repente las cosas no pudieran descomponerse. Esto, por lo demás, me lo repitió con frecuencia, hasta el fin. Cuando leía el suelto de “El Día” en el que todas las mañanas se anunciaba que iba cada vez mejor, hacía con frecuencia un gesto de marcado disgusto.

Desde el primer momento, hizo entrar en la pieza a los amigos con quienes mantenía trato habitual, conversando tal vez más de lo debido. Es claro que nunca permitió que nadie le diera la mano. No lo había consentido nunca sano estando en cama y enfermo, mucho menos, pues al revés de lo que sucede generalmente, se creía en el caso de extremar su pulcritud. Fue su preocupación constante, no ofrecer ninguno de los aspectos desagradables fruto de las circunstancias. De manera que cuando sentía la necesidad de algo que pudiera presentar aquel carácter, aunque fuera en la forma más leve, cuidaba de quedarse solo, y para alcanzarlo, buscaba rodeos que no rozaran el motivo: o el aire estaba viciado, deseaba quedarse a oscuras, u otra excusa equivalente.

Y cuando volvía a llamar, aunque fuese al más íntimo era necesario que entendiese que el ambiente estaba saneado, y si fuese posible con un vago perfume grato. Aparte de las hermanas, de los practicantes y de los enfermeros, se hizo en el hospital de dos amistades nuevas, la del señor Andreoni, a quien había tratado poco y cuya intimidad fue un recreo para su espíritu, hablándome de él como de un caballero del renacimiento italiano trasplantado a nuestro medio con todas sus virtudes, y la del doctor Bordoni Posse que le satisfacía totalmente tanto por su saber como por su trato, al punto de querer hacer de él, para él y los suyos, el sustituto del casi irremplazable Ricaldoni.

La preocupación por los enfermos.- Pensando en mejoras morales y materiales

.

Dado como era a razonar sobre todo lo que se producía a su alrededor y a buscar derivaciones que pudieran aprovechar al gran número, empezó a hablarme, desde el primer momento, de los esfuerzos que habría que hacer para humanizar la vida hospitalaria, que si era dura para él, que estaba entre los privilegiados, se imaginaba cuánto debía serlo para los del montón anónimo, que son los habitantes naturales de las casas de asistencia.

Anotaba lo útil que le era su cama articulada que le permitía incorporarse sin esfuerzo, y hasta cambiar de postura de las piernas, y consideraba que aquellas debieran ser uso frecuente, para librar a muchos desgraciados de las torturas de la inmovilidad. Para que pudieran ensayarse, se había provisto de tres que dejaría al hospital como recuerdo de su paso.

Una se la destinó a su amigo el doctor Tiscornia que estaba en trance de necesitarla. Entendía además que con un poco de dedicación podrían inventarse muchos pequeños dispositivos, que facilitaran las principales funciones de los que están más o menos imposibilitados por culpa de su enfermedad. ¡Si se hace tanto para rodear de confort a la salud, se debería hacer lo mismo, y sin duda más, para llevar un poco de comodidad a los que están enfermos!. Temía que éstos –lo había dicho siempre y lo repetía de nuevo- no fueran tratados con toda la fraternidad que fuera deseable.

Admitía que se les diese todo lo necesario, que fuesen científicamente atendidos, pero tal vez se echara de menos cierta cordialidad en el trato, que debería sustituir, en lo posible, el ausente calor familiar. Se le ocurría reeditando lo que había pensado siempre, que tal vez no fuese suficientemente respetada la personalidad de los desvalidos, y hasta llegaba a admitir, que fuera necesario reglamentar mejor la función de las clínicas, para que las imperiosas necesidades de la enseñanza no contrariaran la tranquilidad ni el mismo recato de los enfermos.

Ya ha de ser suficientemente ingrato, decía, verse transformado en material de experiencia para el bien del prójimo, pero la situación ha de volverse intolerable si no se procede con suavidad y hasta con cortesía, y si no se cuida muy mucho que palabras puedan llevar la desesperanza lleguen hasta el paciente, ¡casi siempre todo oídos!

Su relación con las hermanas.- Respetuosas exposiciones antirreligiosas

Sus relaciones con las religiosas, sobre todo con la hermana Evelina, que era la que estaba más a su alcance, fueron cordialísimas, perfectas. Aquellas eran damas, y ello bastaba para que contaran con todo su respeto y su mayor consideración. Porque con las mujeres, fuere cual fuere su condición, fue siempre de una finura extrema: las pocas que llegaban hasta él, eran recibidas y ceremoniadas, aunque sobriamente, con la distinción con que lo habría hecho un caballero de los tiempos galantes.

Dentro de esas normas, pues, las hermanas nunca le sorprendieron un mal gesto, un movimiento de mal humor, y hasta cuidaba de disimularles sufrimientos, para no producirles malestar. Acataba sin protesta sus prescripciones...siempre que no considerase indispensable no hacerlo. A un tranquilo y respetuoso desacato asistí yo.

La hermana tenía la consigna de hacerle tomar leche y Batlle entendía que no debía tomarla; estaba seguro que le iba a hacer daño, dijera lo que dijera el médico que no estaba dentro de él para juzgar del malestar que en aquel momento podría provocarle cualquier alimento. Se trabó una lucha serena pero obstinada. La hermana invocaba su deber; él su estado. Durante más de una hora la hermana lo abordó vaso en mano y él se resistió enérgicamente. A las cansadas, para no parecer grosero, tomó el vaso, se lo llevó a los labios pero no lo tomó. Aquello amenazaba no tener término, hasta que intervine yo, que conocía al paciente, para hacerle comprender a la excelente señora, que habiendo dicho aquel que no, como consecuencia de una meditada deliberación sólo un milagro podía hacerlo cambiar de propósito. ¡Y como el milagro no se produjo la leche no se tomó!

Batlle sentía mucha simpatía por la hermana Evelina. La encontraba inteligente, bondadosa y agraciada. Veía tal vez en ella, una excelente madre de familia fracasada por culpa de su religión, y ello aumentaba, si fuera posible, su encono antirreligioso. ¿Qué aquélla había tenido una vocación irresistible al cuidado de enfermos?. Pero, ¿acaso los deberes familiares eran incompatibles con aquellos generosos sentimientos?

Este estado de espíritu lo llevaba a ratos a hablarle con una gran discreción, en la que ni por asomo pudiese aparecer la falta de respeto, de los errores de que estaban plagados los dogmas que ella obedecía. Le detallaba las barrabasadas más descollantes de la Biblia. Le contaba con color, porque los tenía frescos, muchos autos de fe, presididos por mitrados, en los que habían sido quemados vivos millares y millares de hombres y mujeres, so pretexto de ser hechiceros o estar hechizados. ¿No conocía ella, acaso, las enormidades, las verdaderas locuras que constituían las vidas de muchos santos? Pues, para que se enterase y meditase, iba a tener el gusto de regalarle el libro clásico en que se hace la historia de todos ellos.

Por otra parte, ella, que restañaba a diario tanto dolor, que veía ante sus ojos el interminable desfile de los torturados ¿cómo podía admitir el dios todo piadoso de que habla su religión?. Y todas estas cosas y otras más del mismo género las decía Batlle tan suavemente, tan finamente, que la hermana, sin admitirlas y hasta contradiciéndolas, no acertaba a incomodarse, ni a desprenderse de su bondadosa sonrisa. Tan debió catalogarlo, dentro de su criterio, como buen pecador culto y espiritual, que cuando sobrevino inesperadamente su muerte, lo lloró con verdadero desconsuelo, y más tarde, en compañía de su superiora, fue a rezarle, de cuerpo presente, en el Palacio Legislativo, sus últimas devociones.

Reflexiones sobre médicos y enfermeros

Los médicos y los enfermeros fueron, como se comprende, una de las preocupaciones de Batlle, durante sus días de hospital. No cesaba de hacerle justicia a Surraco, que le había sacrificado tanto tiempo con tanto desinterés. En su escenario de hospital, seco de expresión, envuelto en su túnica y enguantado, lo encontraba demasiado dictatorial. Le parecía que mandaba imperiosamente, y tal vez lamentase, sin decirlo, que las circunstancias lo pusiesen en el caso de obedecer sin chistar. ¡Tal vez lo amargara el sentirse un poco prisionero!.

Llevado por su inclinación a abordar temas generales, lamentaba que en el país y en el mundo hubiese pocos médicos. Desde que la salud es tan esencial, y aquellos, a pesar de todo lo malo que se diga de ellos, es evidente que ayudan a conservarla, previniendo unas veces y curando otras, el ideal sería que hubiese muchos más de los que hay, para que estuviesen al alcance de cuantos los necesiten. Con el fin de que el médico pudiera asistir mejor, sería conveniente que tuviese sólo un número limitado de enfermos, para que los pudiera observar atentamente, y no se perdiese alguna vez en la madeja de sintomatologías distintas que forzosamente se han de formar a su alrededor. Es verdad que ello tendría el inconveniente de hacer de la medicina una profesión poco lucrativa, pero que tuvieran paciencia los interesados, si había de quedar servido el interés público. Al fin una carrera que da gratis el Estado –y se puede decir lo mismo de todas- no tendría por qué ser una fuente de rápido enriquecimiento.

Sobre los enfermeros se detenía con verdadera complacencia. Hacía notar con dolor, que para ellos, los menos remunerados, estaban reservadas las tareas más ingratas. ¡La ley del embudo, en materia económica, predominando siempre!. Señalaba que alguno de ellos, los veteranos, completaban la tarea de los médicos y a veces los sustituían. Y sin embargo, la gloria, la recompensa y los honores se reservaban exclusivamente para aquéllos. Repetía a su respecto lo que le había inspirado siempre la observación atenta del personal obrero. Hacía notar que se trataba de gente bien plantada, simpática, presentando algunos signos de marcada distinción. Se mostraban inteligentes y educados.

Eran, en fin, gente que, sustancialmente en nada diferían de nosotros y que con un poco de cultura habrían sido sin duda nuestros iguales. Quién sabe, si más de uno de ellos no se hubiese liberado al llegar a tiempo la enseñanza gratuita en Liceos y Facultades, que nosotros hemos puesto en boga. Lo irritaba, pues, profundamente, el desnivel en que los mantenía la defectuosa organización social, y a guisa de desagravio, como si se sintiese en algo responsable, los trataba lo mejor que podía, no haciendo diferencia entre ellos, Mendieta y uno mismo.

El primer síncope.- ¡Fue un supremo éxtasis!

A los diez o doce días de la intervención, Batlle estaba al parecer tan mejorado, que se dispuso que empezara a levantarse. Me di el gusto de verlo cómodamente instalado en un sillón, frente a la mesita que se le había dispuesto, preparándose a almorzar. La comida le iba sistemáticamente de su casa, de acuerdo con el menú que él formulaba a lápiz, mañana y tarde, dentro de lo autorizado por los médicos. Tuve la tentación de coparticipar de su sobrio almuerzo, pero me objetó que no tenía el derecho de tomarle una parte de lo poco de que disponía. Naturalmente bromeaba, porque por desgracia, no se había librado todavía de la inapetencia en que había caído.

Ese atardecer o a lo sumo al siguiente, dejé de verlo, no recuerdo por qué, convencido de que su estado permitía algunas ausencias. Al otro día por la mañana, en el mejor estado de espíritu fui a verlo como de costumbre, y antes de entrar a su cuarto, el doctor Pacheco, su pariente, me dio una novedad tan inesperada como aterradora. La víspera, repentinamente, estando solo con Mendieta, mientras intentaba cambiar de postura en la cama, se había desvanecido. Advertido en el acto, corrió hasta él, y lo encontró inmóvil y sin pulso. Sin perder un segundo, buscó lo necesario para hacer la inyección estimulante que se imponía. Pero cuando estuvo junto al paciente, disponiéndose a proceder, aquel abrió los ojos y dominando instantáneamente la situación lo detuvo con un gesto imperioso, que no admitió réplica, diciéndole: -“¡A mí no se me hace nada!” -¡Y no se le pudo hacer nada!. El formidable hombre había reaccionado de por sí en un instante, armado de todo su indomable carácter!.

Lo encontré con bastante fatiga pero sereno de espíritu. Le estaba impedido hablar, pero no fue posible impedirle que me contara lo que le había sucedido. Según los médicos, el percance se debió a un exceso de movimiento. ¡Y no le advirtieron que no debía moverse! –Los médicos, agregó, dentro de su vieja tesis olvidan de hacer a los enfermos indicaciones indispensables, distraídos por su exceso de trabajo. Me garantía que si era cierto lo que le dijeron, no había peligro de que el accidente se repitiese, pues se disponía a inmovilizarse todo lo que le fuera preciso.

Después, con una alegría interior que le iluminaba el rostro y lo llevaba al arrobamiento, empezó a describirme el síncope. -¡No podía imaginarme nada más suave, más dulce, más arrebatador! ¡Era como un lento hundimiento, en el supremo éxtasis!. Si alguien se hubiera interpuesto, para sacarlo de aquel estado, lo hubiese apartado con energía. ¡Llegar a la muerte así sería una delicia!

En plena reacción. –La vuelta a sus preocupaciones constantes. -Ensimismado en el dolor del ambiente

Tuvo a todos inquietos un par de días, pero empezó a erguirse tan gallardamente que se llegó a creer, los técnicos inclusive, que había pasado todo peligro inminente. Por su parte, como no se movía, no pensaba en la posible repetición del síncope, y hablaba, sin duda con exceso. Por haberlo querido contener, arrancándole algún amigo en plena plática, se me puso serio acusándome con cierto desdén, de que me hubiese pasado a los médicos!. Además tosía con demasiada frecuencia y a veces violentamente. No le pude convencer de que aquello podía ser el peor de los movimientos. Es que sostenía que era indispensable mantener limpias las vías respiratorias, y cuando creía tener determinada flemilla, que ubicaba de una manera precisa, no cejaba hasta arrancarla. Es claro que para facilitar la tarea, hacía con excesiva frecuencia, sus clásicas profundas aplicaciones de mentol.

Pronto pareció normalizado totalmente. Los médicos concluyeron por tranquilizarse. Los íntimos, que habían espaciado sus visitas, las hicieron tan frecuentes como antes. Se empezó a hablar de nuevo corrientemente, a veces en rueda. Tema preferente la política. Entonces fue que Batlle volvió a subrayar que era imprescindible hacerles comprender a los nacionalistas, que sin Corte Neutral no habría elecciones. También siguió sosteniendo que no se debía ir a aquéllas, si no se garantía mejor la autenticidad del voto, porque tenía la obsesión de que los adversarios hacían votar muchos supuestos, con credenciales ajenas contando con la impericia de algunos de nuestros delegados y las deficiencias del retrato de perfil para justificar el parecido.

La noticia de que se habían roto las gestiones de acuerdo colorado le produjo hasta alivio físico. ¡Al fin acababa lo que no debía haber empezado nunca y que sólo se tradujo en pérdida de tiempo! Y recomendaba con insistencia que se hiciera avanzar la ley de jubilaciones generales, que desde el punto de vista del momento económico, le parecía la ley de las leyes. Nada más justo, decía, que asegurarle la vejez a los que han trabajado toda la vida sin salir de la pobreza. Argüía que el proyecto batllista presentado en la Cámara, en cuya confección había trabajado personalmente mucho, en colaboración con Martínez Trueba, era bastante satisfactorio. Si me encontrase con bríos para estudiar a fondo la ardua cuestión, me pediría que me encargase personalmente de su defensa. Aunque en el fondo tuviese la preocupación de su estado –trataba todavía de no moverse y le ponía mal gesto a los sueltos de “El Día” que lo daban muy bien- se cuidaba como de costumbre de cuestiones ajenas que le interesaban afectivamente.

Con frecuencia preguntaba si se había arreglado la situación de la viuda de un suicida amigo. Era raro el día que no se interesara por la marcha del doctor Tiscornia, que estaba también en el Sanatorio. Se empeñó en que el doctor Bordoni me examinase y en cuanto supo que me encontraba bien me hizo anticipar la nueva por su hijo César. Cuando volví a su lado, después de felicitarme con un gesto de marcada satisfacción, me instó con empeño a que no abandonase un método curativo que había notado que me hacía mucho bien. Lo que hará que en el porvenir, mi excelente amigo May no tenga que seguirme reprochando el abandono del tratamiento, a que cree que debo estar sometido.

En los últimos días, Batlle, que no tenía más perspectiva para su mirada, que un limitado patio que alcanzaba desde su cama, sentía la obsesión de la silenciosa tristeza en que aquél permanentemente estaba sumido. ¡Qué ambiente tan simple y a la vez tan desolante! se decía sin desviar la vista durante largos ratos. ¡Tal vez imaginase aquel estrecho espacio cuadrangular, apenas animado por una palmera, como un receptáculo de angustias invisibles, emanada de los cientos de sufrientes que poblaban la gran casa!

A fuerza de fijar la atención se diría que intentase separar e individualizar diversos sufrimientos y dolores, flotantes e impalpables. De vez en cuando aparecían en los altos corredores circundantes, figuras lánguidas de escuálidos sujetos, todavía enfermos, vagamente dibujados en sus túnicas blancas y que parecían las figuras apropiadas, puestas por un artista melancólico, ¡para completar el cuadro de una naturaleza casi muerta!

¿En qué pensaban aquellos infelices, qué ideas los torturaban? ¡Y se le ocurría, de seguro que tal vez estuviesen labrados por el punzante malestar del preso desvalido, en vísperas de su libertad que saben ha de llevarlos irremediablemente al más completo desamparo!

Las últimas palabras. –El fin

En los últimos días de hospital Batlle parecía que estaba completamente mejorado. Llamaba la atención que no recobrase rápidamente fuerzas, como se esperaba de su recio organismo, pero ello se atribuía al ambiente y se esperaba que todo pasase en cuanto estuviese en su casa. Como ésta quedaba distante, se buscaba una céntrica, donde pudiera ser más fácilmente atendido por su médico. Este y los que habían colaborado con él en los últimos días se mostraban optimistas. Al episodio cardíaco lo daban por terminado. Hasta parecía que no había por qué tomarlo en cuenta para la segunda intervención, que habría de realizarse transcurridos algunos meses.

Así llegó la mañana del 20 de octubre, que nadie soñaba que había de sernos tan funesta. Estuve junto a Batlle a las once en punto, ¡lo encontré tan bien que lo felicité por su aspecto!. Tosía es cierto, bastante y se aplicaba mentol, pero era lo corriente. Estaban con él el doctor Pacheco y Barrandeguy. Este último le llevaba la noticia de que había tomado un lindo departamento en el Parque Hotel, y en consecuencia se comenzó a planear la mudanza para el día siguiente.

Empezamos a hacer bromas sobre la vida agradable que haríamos en el nuevo domicilio, y hasta lo amenacé con instalarme también, tentado por el confort. Un rato después nos quedamos solos y empezamos a hablar seriamente. Me pidió novedades. Le contesté que sólo había leído “El Día” que él había visto también. Me arguyó que ciertas secciones del diario le parecían descuidadas, y convinimos que pronto podríamos remediar muchos detalles, escribiendo yo sobre los temas que conversáramos, como habíamos hecho otras veces. Se lamentó que la espera del segundo tiempo operatorio le impusiera varios meses de inactividad; se resarciría después en cuanto lo restaurasen razonablemente. Saltando sobre diversos temas, le hablé de la excelente impresión que había producido la última batalla municipal de César, lo que le iluminó el rostro en una amplia sonrisa, como si saborease en silencio el placer de sentirse dignamente continuado. No recuerdo cómo ni por qué, aludía a la situación parlamentaria de su sobrino Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su inteligencia, como por su dedicación y energía. Me contestó muy complacido que aquello era natural y lo había esperado. Tanto aquél como sus hermanos, me dijo, salen al padre: “el pobre Luis era muy inteligente”. -“Y además muy bueno - le repliqué- recuerdo que Irureta Goyena le llamaba el santo fracasado!”. La referencia lo hizo sonreír de nuevo con plácida tristeza.

Eran alrededor de las doce. Yo nunca, absolutamente nunca, salía de allí antes de la una. Ese día, la Providencia – que ya me señaló, acordándome el triste privilegio de recoger la última palabra de Batlle, y volvió a señalarme, singularmente, más tarde, deteniendo el féretro en el memorable cortejo fúnebre, precisamente debajo de los balcones del doctor Lago, donde lo esperaba para la última despedida- ese día repito, tejiendo una complicada madeja de coincidencias, me obligó a dejar el Hospital mucho antes de lo acostumbrado, con el deliberado propósito, sin duda, de que no asistiese al trágico derrumbe de la Montaña.

Interrumpí bruscamente, casi absurdamente la conversación, para decirle que lo iba a dejar a aquella inusitada hora, porque habíamos convenido con mi hermano ir a la ópera rusa para festejar su mejoría. Abrazándolo en un gesto habitual, como si lo hiciese con una columna inconmovible, agregué: “Pero antes de ir al teatro, lo vendremos a ver”. A lo que me contestó dirigiéndome su última cariñosa mirada: “¡A condición de que no me despierten si me encuentran dormido!”. Al entornar la puerta para salir, sentí su último golpe de tos.

Diez minutos después estaba en casa de mi hermano y me sentaba a la mesa alegremente. No había probado bocado, cuando sonó el teléfono. Me anunciaban que Batlle no estaba bien y que se requería mi presencia. ¡Un helado escalofrío me recorrió el cuerpo!. En un instante estuve en el hospital. El recibimiento del doctor Stajano me anunciaba algo terrible. El resto me lo dijeron, sin hablarme, Marcos Batlle, desolado, cadavérico, y el pobre moreno Mendieta, que agobiado junto a la puerta, ya mortuoria, era la obscura imagen de la desolación!.

Me desplomé sollozante en los primeros brazos que me acogieron. ¡Batlle había muerto!. Se lo había llevado un segundo síncope. ¡La sensación suave, dulce, voluptuosa del anterior, que él habría defendido si la hubiese visto en peligro!. ¡Había tenido la muerte deseada, la sin duda merecida, la que en su insobrepujable altruísmo anhelara para todos los vivientes como justificación del Creador!

¡Así se fue Batlle, el hombre más bueno, más justo, más abnegado, más probo, más fuerte que he conocido, una de las contexturas morales más finas que ha producido la humanidad, sin duda uno de esos raros seres de alta excepción, que la Naturaleza, para probar su genio, funde, con paréntesis seculares, rompiendo el molde enseguida!. ¿Por qué la irreparable catástrofe no me tiene infinitamente desolado? ¡Porque no me acostumbro a sentirlo muerto, tal vez porque no esté realmente muerto, sin duda porque siento demasiado vivamente que el inmenso valor intrínseco que fue su vida, no podrá perderse jamás, por haberse incorporado, total y definitivamente, al alma colectiva de un gran Partido!


FAMILIARES

José Batlle y Carreó

El 3 de diciembre de 1799 partió del puerto de Cádiz, con destino al Río de la Plata, Don José Batlle y Carreó –abuelo de José Batlle y Ordóñez- comerciante español nacido en Sitges (Principado de Cataluña), el 25 de mayo de 1773. Venía a bordo del navío “Nuestra Señora de Regla”, de su propiedad, con un cargamento de mercaderías europeas. Llegó a Montevideo en 1800 y comercializó en este puerto y en el de Buenos Aires, todo lo que traía, con la consiguiente ganancia.

En 1806 el Sr. Mateo Magariños le vendió el negocio de panadería y molino que funcionaba en un terreno arrendado a la Junta Municipal de Propios, y ubicado en una zona de extramuros de Montevideo, próxima a la costa norte de la bahía donde se surtía de agua la población de la Plaza –conocida por este motivo como “La Aguada”- y lindero con la “Quinta de las Albahacas”, que proveía de frutas y legumbres a la ciudad.

Recién en 1810 la Junta reconoció a Batlle y Carreó como nuevo colono del predio, cuya ubicación e historia fue motivo de un artículo escrito por M. Ferdinand Pontac. (1)

En dicha quinta Mateo Magariños había edificado su casa y su molino, bordeado éste por el arroyo de las Canarias, y había obtenido, en pública subasta, el derecho a proveer al Apostadero Naval de todo cuanto necesitaba. Pero no pudiendo dar cumplimiento a las obligaciones estipuladas por contrato, lo traspasó a Batlle y Carreó. “Desde aquel momento, fue el principio de mi ruina por los acontecimientos que sobrevinieron, y que no eran previstos” –expresa en sus “Memorias” (2).

En efecto, las invasiones inglesas primero, que entre otras pérdidas le ocasionaron las de sus navíos, y las guerras de la independencia poco después, arruinaron a Batlle y Carreó cuyas propiedades, dentro de la línea de fuego de las tropas que sitiaban la ciudad, fueron arrasadas, pasando a vivir en intramuros a su casa de la calle San Pedro Número 82.

Este es, a grandes rasgos, el comienzo de la azarosa vida en Montevideo de quien fue fundador del linaje oriental de los Batlle, palabra que en catalán significa “alcalde”. Quizás haya sido este significado una curiosa premonición del lugar que ocuparían en la historia de nuestro país los descendientes de Don José Batlle y Carreó, que llegarían a desempeñar la primera magistratura de la República.

En su prolija y documentada “Relación de los acontecimientos ocurridos sobre el abasto de víveres para la Real Marina Española en el apostadero de Montevideo desde 1806, y las ocurrencias políticas que sobrevinieron, al mismo tiempo que sirva de instrucción en las reclamaciones pendientes de Don José Batlle y Carreó al Gobierno de España”, conocida como sus “Memorias”, relata minuciosamente no sólo los acontecimientos señalados, sino también las reiteradas gestiones ante el gobierno de España para el cobro de las sumas que se le adeudaban por el abasto de víveres a la Marina española.

Esta “Relación” aporta datos de indudable interés para el cronista histórico por ser referida por un testigo presencial –protagonista muchas veces- de los episodios descritos. Pero también es ilustrativa de las características de la personalidad de su autor cuando cuenta, por ejemplo, cómo logró distribuir diariamente tres mil quinientas raciones a las personas que estaban en la plaza de Montevideo sitiada por los patriotas, o la actitud que asumió en la audiencia que le concediera el rey de España de quien se negó a recibir favores, reclamando tan sólo lo que por justicia le correspondía, o cómo atendió a la educación de sus hijos luego del fallecimiento de su esposa.

Llegó a Madrid sin la compañía de su familia el 10 de octubre de 1815 y ante la demora en resolverse el pago de la deuda, su esposa, Gertrudis Grau, también oriunda de Sitges, y sus hijos, Josefa, Lorenzo, Clementina y Gertrudis, nacidos en Montevideo, partieron de esta ciudad rumbo a España y se reunieron con él en Barcelona en noviembre de 1820.

En mayo de 1821 volvió a Madrid para seguir sus reclamaciones que habían sido interrumpidas por la revolución de Riego y se llevó con él a su hijo Lorenzo “para poderle dar instrucción”, según lo expresa.

Su esposa enfermó gravemente en Sitges lo que decidió el regreso de Batlle y Carreó en octubre de 1822.

Gertrudis Grau falleció el 17 de enero de 1823, motivo por el cual tuvo que ocuparse él solo de la educación de sus hijos y contrató maestros particulares.

En marzo de 1826 resolvió que su hijo Lorenzo debía recibir “una mejor educación o más ilustrada de la que podía recibir en Sitges” por lo que viajó con él a Francia dejándolo en el colegio de Soreza en el Departamento de Tarn.

Cuando estalló la revolución de 1830 y fue separado del trono Carlos X, Batlle y Carreó resolvió que su hijo regresase a España y luego partiera hacia Montevideo adonde llegó en 1831.

Su padre y hermanas lo hicieron con posterioridad, en 1833.

Setembrino Pereda (3) expresa que Lorenzo había ingresado al Colegio de Nobles y Militares de Madrid en 1826, luego que estudiara en Francia. Pero esto no coincide con lo expresado en las “Memorias”, en las que no se hace referencia alguna a este Colegio y la fecha de 1826 corresponde a sus estudios en Soreza.

Don José Batlle y Carreó terminó sus días en Montevideo el 21 de diciembre de 1854, sin que hubiera logrado el cobro de lo que la corona española le adeudaba.

Según consta en la copia de su testamento, el original fue entregado al escribano Bernardino Llopis y Rivera en Sitges el 23 de febrero de 1833. En el mismo ordena que su entierro y exequias serán con la menor pompa posible por no permitirle el estado actual de sus intereses; y si que el día de su muerte estuviese debiendo “algún pico de dinero que no contase, pero q. indicase ser cierto, en tal caso será de poca cantidad y contraídas aquí, serán satisfechas sin forma de juicio, y solo la verdad sabida...”.

Seguimos transcribiendo del citado documento:

“Declaro que mi esposa Da. Gertrudis Grau y Font ya difunta, no me trajo en nuestra unión ningunos bienes ni la dote que le correspondía por su casa Paterna , igualmente q. no hicimos capítulos matrimoniales, ni estipulamos ningún convenio respecto a intereses que pude constar de documento; mas como parece justo tener parte de las utilidades, o aumento de intereses q. he tenido estando ella en mi compañía, declaro sea a favor de los hijos de ambos, como legó ella a beneficio de los mismos, ápartes iguales, en su último y válido testamento, de los intereses q. pudo testar en su muerte, de los bienes q. adquirió por la donación q. a su favor hizo su Sra. tía María Teresa Soler y Font, q. es mi voluntad sea cumplida la disposición q. ella hizo, y ser una de las causas por que mejoro álos hijos que con ella tube. Es mi voluntad y nombro por mis herederos, a mis hijos, q. son los que espreso á continuación, asaber: Dela unión legítima con mi difunta Esposa Dña. Gertrudis Grau y Font, tubimos a Da. Josefa, Dn. Lorenzo, Da. Clementina y Da. Gertrudis, nacidos por ese orden en Montevideo y antes de la unión con mi esposa tube a Da. Concep. on, Dn. Vicente y Da. Manuela, habidos por el mismo orden en Montevideo, con Da. Marcelina Maurigade, entonces soltera, después casada y ahora difunta, y bajo su apellido han estado hasta ahora poco, q. de mi propia voluntad tengo ordenado toman el mio; y últimamente tube a Dn. José, cono (cido como) Pepito, nacido en Valencia, habido con Da. Magdalena Domínguez, ba ( ) apellido viva ahora conmigo, y mi familia; a todos los cuales, reconozco ( ) mis hijos y en cuanto puedo, legitimo a los hijos naturales; mandando a to ( ) se reconozcan , se tratan, y aman como ermanos, y á todos los nombro ( ) mis herederos ...” (Se respetó la escritura original)

(1) Seudónimo de Luis Bonavita (1895 – 1971): Médico, periodista, Director del Archivo “Artigas”. Suplemento de “El Día”, 20 de mayo de 1956.

(2) Véanse las “Memorias” en Revista Histórica, Tos. VII y VIII. Setembrino Pereda. “El general Lorenzo Batlle”. Apuntes biográficos. Revista Histórica, Tomo. VIII, Año 1917.

LORENZO BATLLE GRAU


Don Lorenzo Batlle Grau había nacido en la casa paterna, ubicada en la intersección de las actuales calles Asunción y Yaguarón, el 10 de agosto de 1811. Había estudiado, como ya lo anotamos, en España y luego en Francia. De regreso a su país empezó su carrera militar como Teniente de Infantería, llegando a Brigadier General en 1882 (4). Fue protagonista en las horas trágicas de la Guerra Grande, de varios episodios bélicos que pusieron de manifiesto su decisión y coraje.

Representante por Montevideo en la 5ª Legislatura (1843 – 46), el 12 de agosto de 1847 Joaquín Suárez lo nombró Ministro de Guerra. Tuvo como difícil cometido llevar a cabo la orden de destierro del Gral. Rivera que manejó con inteligencia, determinación y tacto.

A estas cualidades, se aunaban a su modalidad una gran sensibilidad y sentido humanitario, puestos de manifiesto durante los combates de Colonia en que, al ver caer gravemente herido al soldado Ramón Tabárez, sin perder tiempo lo cargó y puso a salvo, arriesgando su propia vida. Tabárez, que llegó a General, conservó siempre el recuerdo de este gesto de Don Lorenzo guardándole profunda gratitud.

Fue uno de los fundadores de la “Sociedad Amigos del País”, en 1852, e integró la Comisión Directiva de la “Unión Liberal” en 1855-

Durante el gobierno de Pereira fue designado Ministro de Hacienda el 14 de agosto de 1856, en medio de una gran crisis económica y financiera. Al aceptar expresó, luego de formular una especie de inventario de las finanzas nacionales: “Tal es el cuadro fiel que presenta el departamento de Hacienda en el momento en que me recibo de él. Cuando V.E. me ofreció su dirección, decliné el honor porque lo consideraba superior a mis fuerzas, pero habló V.E. de sus sacrificios personales ya apeló a mi patriotismo para que no rehusara aceptar una posición que veía erizada de dificultades y en la cual había adquirido en otras épocas alguna confianza en el público. Yo cedí, Exmo. Señor, porque V.E. invocó sentimientos que tienen mucho poder sobre mi corazón, y aun cuando hoy toco esas mismas dificultades superiores a las que yo imaginaba, acompañaré a V.E. hasta que tenga la evidencia de que mis esfuerzos son inútiles”.(5)

Desatendidas las soluciones que presentara, renunció al Ministerio en noviembre de 1857. Ocupó además la titularidad del Ministerio de Guerra y Marina al iniciarse el gobierno de Venancio Flores, en 1865.

El 1º de marzo de 1868, electo Presidente de la República por unanimidad de votos de los legisladores presentes en la Asamblea, dijo en su manifiesto de ese mismo día: “Hombre de principios, soldado de la gloriosa Defensa de Montevideo, no me apartaré del estricto cumplimiento de la ley--- Propenderé a la unión del Partido Colorado, gobernando con los hombres más dignos de ese partido, sin exclusión de matices y sin exigir otra cosa para los cargos públicos que el patriotismo, la capacidad y la honradez... Trataré de mejorar, en cuanto sea posible, todos los ramos de la Administración, mi primer cuidado será garantir la vida y la propiedad en todos los ámbitos de la República, siendo inflexible con cualquier abuso que se cometa; hacer que la ley sea igual para todos, blancos y colorados, nacionales y extranjeros, afianzar la paz, el orden y las instituciones, en una palabra, gobernar con la Constitución, levantándola encima de todas las cabezas”.(6)

Corroborando lo que en ese momento expresara, escribía a su hijo Luis el 17 de marzo de 1881: “Desde tu partida no ha ocurrido aquí nada que merezca poner en tu conocimiento. Lo único que me concierne, es la publicación que hace ayer El Heraldo del Manifiesto que di cuando subí a la Presidencia, y por el cual se ve que dige lo contrario de la eregia que con tanta incistencia me reprochaban. Esta es que gobernaria solo para mí partido, cuando por el contrario expreso, que haré que la ley sea igual para Blancos y Colorados. Te hablo de esto porque de cuantos cargos me han hecho, aquel me parecia el mas contrario á mi modo de pensar, é imposible le hubiese cometido á sabiendas. Varias veces encargué buscasen en los periodicos de aquella epoca ese documento, y nunca dieron resultado mis pesquizas.” (Se respetó la escritura original)

Pronto vio frustradas las esperanzas que manifestó al hacerse cargo de la Presidencia de la República. Durante el ejercicio de su gobierno hubo de soportar varios movimientos revolucionarios; el último que enfrentó fue el protagonizado por Timoteo Aparicio, iniciado en 1870.

En medio de sus hondas preocupaciones, tuvo que resolver el problema suscitado por el reclamo del dueño de dos esclavos que habían huído de Brasil, buscando la libertad en suelo uruguayo; se negó a acceder el pedido y reunió dinero para satisfacer el precio fijado para comprarlos, consiguiendo de este modo que permanecieran como ciudadanos libres en nuestro país.

Su presidencia transcurrió siempre en medio de graves problemas financieros cuyas causas, diversas y complejas, fueron explotadas por sus adversarios políticos. Pero el Contador General de la Nación, Don Tomás Villalba, por cuyas manos escrupulosas pasaron todas las cuentas y documentos de la época, declaró en 1874, en el curso de una ardorosa polémica con el ex Ministro de Hacienda don Fernando Torres, que el Presidente Batlle había revelado siempre gran honradez dentro del caos financiero en que se debatía su gobierno. (7)

El 8 de diciembre de 1872, concluído su mandato presidencial, dio a conocer un documento titulado: “Esposicion que dirige el general Lorenzo Batlle a sus conciudadanos y habitantes de la República”, de la que destacamos los siguientes párrafos: “Mi primer acto fue comprometerme a gobernar con mi partido, y no podía hacer otra cosa en aquellos momentos ya que así se había practicado casi siempre por las dos fracciones que en la República se disputan el poder, y máxime cuando acababa de frustrarse una revolucion sangrienta, fatal para ambos lados, que habían escoltado el rencor y las pasiones políticas. Mas formé el propósito de gobernar con equidad y justicia para todos, y tengo la conciencia de no haber agraviado el derecho en nadie”.(8)

Se retiró del gobierno pobre, y con su patrimonio disminuído. (9)

El 7 de noviembre de 1876 los dos únicos sobrevivientes del matrimonio José Batlle y Carreó y Gertrudis Grau, el General Lorenzo Batlle y su hermana Gertrudis, viuda de Luis Michaelsson, se repartieron en partes iguales lo que quedaba de la herencia paterna, después de haber efectuado, dos años antes, ventas parcelarias para el pago de hipotecas y de haber fraccionado en 1875 en solares, el predio ocupado por el molino y la quinta, vendiéndolos en lotes a distintos compradores.

Estos hechos, ocurridos después de la terminación de su período presidencial, configuran datos que confirman la honestidad con que procediera Don Lorenzo Batlle en todas sus gestiones de gobierno.

En la escritura de partición de la herencia declaró Don Lorenzo que el “lote A” del plano, delimitado por las calles Yaguarón al Este y Lima al Sur, tenía una construcción que le pertenecía absolutamente por haberla hecho edificar a su costa. En esa casa transcurrieron las mocedades de los hijos de su matrimonio con Amalia Ordóñez Duval, efectuado el 16 de julio de 1855: José y Luis, con quienes su padre compartiría la gloria y desventura de la heroica jornada del Quebracho. (10)

Don Lorenzo Batlle falleció el 8 de mayo de 1887.

(4) Lorenzo Batlle fue borrado del escalafón militar el 28 de enero de 1886 y la conciliación política de noviembre de ese año le repuso en sus grados militares.

(5) Cit. en Eduardo Acevedo: “Anales Históricos del Uruguay”, Montevideo, 1933. Tomo II.

(6) Eduardo Acevedo, ob. cit., Tomo III.

(7) Eduardo Acevedo, ob. cit., Tomo III.

(8) idem.

(9) En la obra “Batlle y el Batllismo” de los Dres. Giudice y González Conzi (2ª. ed. 1959) se transcriben los siguientes párrafos de la obra de José Luciano Martínez, “Hombres y Batallas”: Subió al poder teniendo una desahogada posición pecuniaria, y a los seis meses de su descenso de la Presidencia de la República se vio obligado a empeñar su caja de oro de rapé para atender las necesidades más imperiosas de su existencia”. Pero se lee la aclaración de puño y letra de Don José Batlle y Ordóñez en la primera edición, cuyo primer ejemplar le fuera obsequiado por sus autores en 1928. La reproducción del original está en la pág. II-2 de la 2ª. edición de la obra (Batlle y el Batllismo) que expresa: “No recuerdo si mi padre empeñó su caja de rapé; pero sí es cierto que su pobreza fue muy grande, después de su presidencia. El molino uruguayo que había sido antes su medio de vida, fue desatendido y se fundió durante su período presidencial”.

(10) En la obra del Dr. Luis Bonavita, “Hombres de mi tierra” (Montevideo, 1958) el autor corrige la información que diera en el Suplemento dominical de “El Día” de fecha 20 de mayo de 1956 ya citado, respecto al lugar donde habían nacido los hijos de Lorenzo Batlle y Amalia Ordóñez, con datos proporcionados por Don Rafael Batlle Pacheco. La casa donde nacieron estaba ubicada en Yaguarón y Asunción, en una parte del establecimiento del Molino Uruguayo del abuelo José Batlle y Carreó.

(Los datos de las biografías que anteceden fueron tomados del Prólogo de la obra JOSE BATLLE Y ORDÓÑEZ – Documentos para el estudio de su vida y de su obra. EL JOVEN BATLLE (1856 – 1885). Tomo I. Montevideo, 1994, del que es autora Alba G. Cassina de Nogara).

MATILDE


El aleccionador relato realizado por la destacada escritora Prof. Graciela Sapriza en el libro “Mujeres uruguayas. El lado femenino de nuestra historia” nos presenta, por primera vez, una digna semblanza de Matilde Pacheco, la esposa de Don José Batlle y Ordóñez.

Con un generoso acopio de datos cuya procedencia se anota pormenorizadamente en sus “Notas y Bibliografía”, la escritora nos acerca a un personaje del que sólo se tenían referencias por haber figurado en unos pocos episodios, entre los que se destaca el atentado del Camino Goes ocurrido el sábado 6 de agosto de 1904, en plena guerra civil.

Cuando realizaba el Presidente BATLLE, su esposa y sus dos hijos menores, el paseo que era habitual desde antes de la guerra iniciada en enero de ese año, explotó una bomba delante del carruaje que los conducía. La Sra. de Batlle registró exactamente la hora pues su reloj se detuvo por efecto de la explosión: eran las 4 y 37 de la tarde. Y se señala “el temple extraordinario de aquella mujer superior dueña de sí misma, aun en el tremendo instante en que se jugaba su propia vida y la de los seres más queridos para ella como lo anotan los autores de “Batlle y el Batllismo”, Dres. Roberto Giudice y Efraín González Conzi, 2ª. ed., pág. 137 (2).

Otra referencia es el recuerdo de Domingo Arena durante una conversación con BATLLE, al referirse al momento en que César, el hijo mayor, cayera herido en la guerra civil. “Este tremendo episodio le hacía recordar, con emoción, el sereno estoicismo con que le había acompañado su gran mujer... Es que unía a la máxima ternura, la fibra espartana. ¡Por algo había sido su gran pasión!”

Pero Graciela Sapriza buscó otros elementos y centró su relato en la historia de un “drama de amor que transcurrió en el cruce de dos siglos”.

Matilde Irene Pacheco Stewart había nacido el 20 de setiembre de 1854, hija de Manuel Pacheco y Obes y Ana Stewart Agell. Contrajo matrimonio el 25 de noviembre de 1872 con Ruperto Michaelsson, hijo de Gertrudis Batlle Grau (hermana de Don Lorenzo y por tanto tía de José Batlle y Ordóñez) y del médico Luis Michaelsson. Del matrimonio nacieron cinco hijos: Matilde Sofía, Ruperto Luis, Juan Luis, Guillermo Francisco y Carlos Manuel.

En la pág. 46 del libro “José Batlle y Ordóñez. El creador de su época – 1902 – 1907” del historiador estadounidense Prof. Milton I. Vanger, se expresa: “...Batlle era de costumbres moderadas, esposo modelo y orgulloso padre de cuatro hijos; su esposa era hija de otro héroe de la Defensa de Montevideo, Manuel Pacheco y Obes. Aún así, los orígenes de su matrimonio eran complicados. Ruperto Michelsson, marido de Matilde, la había dejado con cinco hijos y sin dinero. Batlle, primo de Michaelsson, pasó a vivir con Matilde. Acto admirable, pero embarazoso pues pasaron varios años antes de que pudieran casarse y tener consigo a todos los hijos de Matilde...".

El relato de Graciela Sapriza permite compenetrarnos en ese “acto admirable pero embarazoso”, al recorrer las páginas donde se anotan párrafos de la correspondencia mantenida por Lorenzo Batlle con su hijo José, cuando éste hizo un viaje a Europa (partió el 21 de octubre de 1879 y llegó el 2 de febrero de 1881) y con su otro hijo, Luis.

Esas transcripciones nos hacen conocer las angustias que viviera Matilde cuando su esposo Ruperto viajó a Londres a gestionar la herencia de Francisco Hocquard por encargo de su tía, María Antonia Agell. Se embarcó a fines de marzo de 1880 y recién regresó el 15 de abril del año siguiente. Había tenido un encuentro con BATLLE en París, cuando éste estaba preparando ya su regreso. Don Lorenzo relata las expectativas y los trastornos que tan larga ausencia causaba, aumentados por la poca comunicación que tuviera con su familia.

Matilde estaba muy enferma lo que determinó que, para atenderla mejor, Don Lorenzo la trajera a su casa en la Aguada. porque “en la Quinta vivía aterrorizada y creíamos que estando más acompañada, lo pasaría mejor (pero) los ruidos de la calle la ponen fuera de sí, a punto de perder (el) conocimiento y ver en todo lo que la rodea espectros y vestigios de formas espantables”.(Cartas de Don Lorenzo a su hijo Luis: 16 y 21 de marzo de 1881).

Al regreso de Ruperto volvieron a la Quinta y todo transcurrió con tranquilidad en el hogar.

Los acontecimientos políticos ya conocidos (dictadura de Santos, ataques a la prensa) centraron las preocupaciones de Don Lorenzo e hijos. José en permanente desafío al tirano desde las columnas de La Razón, La Lucha, y en el enfrentamiento personal cuando concurría al teatro, o con sus secuaces.

Una nueva desgracia familiar ocurre a raíz de un accidente de un hijo de Matilde, Willi, que le provocó serias quemaduras y como consecuencia el recrudecimiento de la enfermedad de su madre. BATLLE cuidó a Willi y a la madre, “frecuentemente hasta más de la 1 de la noche. Yo le acompaño siempre a esas horas, dejándola ya tranquila, nos retiramos juntos” (Carta de Lorenzo Batlle a su hijo Luis, del 9 de abril de 1883).

Ruperto estaba muy enfermo. En carta de BATLLE a su hermano, que en ese momento se encontraba en una estancia en Guaviyú, le expresa: “Sabrás que he cambiado bastante: estudio mucho, todo lo que puedo; paseo poco; nadie me visita, porque me niego; y cosa rara, fausta noticia, he dejado por fin el cigarro: hace más de dos meses que no fumo. Haría una vida modelo: no perdería un solo momento del día; pero me comprometí hace algún tiempo a curarle la quemadura del brazo al chiquilín de Ruperto, y aunque ahora está casi sano y ya no lo curo, hacen igualmente obligatoria mi visita cuotidiana la enfermedad de Ruperto, que según dicen esta malísimo, y los constantes ataques de Matilde. Se me van tres o cuatro horas todas las noches como nada.

Te decía que Ruperto está malísimo y saber querrás algo sobre esto, los médicos -Vizca y Pimentel- dicen que está tísico. El pobre habrá estado confundiendo, hace mucho tiempo, la tisis con el asma: ahora mismo se cree asmático. Se le ha dicho a Matilde que esté preparada para todo; ella cree que puede sobrevenir un accidente fatal el día menos pensado; a mi no me parece que el caso sea tan afligente; pero creo que si la situacion de Ruperto no cambia, tampoco se levanta el pobre de la cama. Lo ha perdido todo en la Bolsa a la que ya no puede asistir; no tiene ni para el mercado, ni quien le fíe, ni en qué trabajar, ni quien le dé trabajo. Imagínate qué situación para el que tiene muger, cinco hijos, y está acostumbrado a vivir como Ruperto. No quiere cuidarse y parece que se hubiese decretado el suicidio y se estuviese suicidando lentamente. En estos casos suele comprender uno la importancia del dinero".

(Mayo 27 de 1883) (Se respetó la escritura original)

“Sin nada absolutamente, sin salud, y con una crecida familia; es la situación más desesperante que se pueda imaginar”, comenta Don Lorenzo, y agrega: “Ruperto piensa ir a pasar una temporada a la campaña de Buenos Aires, en la estancia de Guillermo Stewart, marido de la hermana de Matilde” (10 de junio de 1883). La última noticia que se tiene de Ruperto es la de su fallecimiento ocurrido el 27 de setiembre de 1893.

Graciela Sapriza sigue el relato bajo un acápite muy sugestivo: “Esperanzas locas”. Ilustra al lector con cartas de José a su hermano Luis en los meses de junio y julio de 1883. Se justifica por no escribir más seguido, porque “una carta, una verdadera carta, una conversación íntima con un amigo o con un hermano, no se puede escribir a todas las horas del día. Es necesario encontrarse dispuesto: sentir, pensar tiernamente, tener algo delicado en el alma. Y por qué no esperar ese momento”. ...”¿Dirás sin duda alguna por qué ese momento no siempre llega para mí y por qué cuando llega suele traer pensamientos tan raros y esperanzas tan locas que no me atrevo a comunicarlas?. (...) “En este momento, por ejemplo, podría decirte muchas cosas por el estilo, y sin embargo me las callo, y prefiero seguir embromando. ¿Crees tú que yo estoy contento con la vida actual y que no me imagino nuevos planes de vida, y que no sufro cuando veo que no puedo ponerlos en práctica? Pero dejemos todo eso” (Julio de 1883).

En la misma carta expresó: “no tenemos familia y nos encontramos solos en el mundo. El pobre viejo necesita un hogar menos árido y menos frío que el nuestro, - un hogar templado y embellecido por la presencia de la mujer- y nosotros debemos proporcionárselo. Cuánto envidio a esas familias, que más que familias parecen una tribu, un pequeño mundo aparte”.

En una hoja suelta de un cuaderno perteneciente a Don José Batlle y Ordóñez, en la línea que corresponde al día 15 de setiembre, dice: ...”Son las doce de la noche. Hace algún tiempo que he llegado de casa de Matilde. Qué mujer esta Matilde!. Si yo escribiera novelas ella sería la protagonista de la más bella. Si fuera pintor su figura sería la figura culminante del cuadro más luminoso...Si (ilegible) aires de Tenorio cuánto (¿) halagaría ceñirla como una piedra preciosa al carro de mis conquistas. Y si yo fuera capaz de amar y ella no estuviese ligada a otro hombre por un vínculo indisoluble ¡oh! que puesto tan alto, tan alto, yo le daría en mi corazón!. Pero no soy nada de esto y una amistad sincera y tranquila me la hace apreciar tal vez mejor de lo que la apreciaría de otro modo”. (Esta hoja fue encontrada al azar entre tantos documentos guardados por Doña Anita Cherviere de Batlle Pacheco, esposa de Don Rafael, celosa custodia del Archivo Batlle hasta su fallecimiento acaecido el 30 de noviembre de 1979, y se encuentra en ese Archivo). (Año deducible: el mismo de las cartas enviadas a su hermano Luis).

Llegamos inevitablemente a lo expresado por el Prof. Vanger al referirse “al acto admirable pero embarazoso” que pusieron a los protagonistas del “drama de amor que transcurrió en el cruce de dos siglos”, (como anota Graciela Sapriza), en el centro de las críticas y muchas veces del desprecio de una sociedad que aún no había superado los prejuicios y la hipocresía de esa época.

BATLLE y Matilde se casaron el 29 de setiembre de 1894.

De su unión nacieron: César (1885); Rafael (1887); Amalia Ana (1892); Ana Amalia (1894); y Lorenzo (1897).

En el archivo se encuentran libretas de BATLLE, de Matilde y de Ana Amalia. Cuando tuve en mis manos esos documentos sentí un estremecimiento emocional muy difícil de explicar. Aunque ya habían sido generosamente proporcionados para su estudio y consulta al Profesor Milton Vanger y a Dora Isella Russel, no pude evitar una sensación de culpa –que sabemos nos ha sido perdonada- por penetrar en intimidades que sólo fueron de los que en ellas volcaron las angustias de una verdadera tragedia familiar. (Doña Anita me había designado custodia de ese Archivo, confianza que luego de su fallecimiento reiteraron sus hijos: Matilde, María Antonia y José, lo que significó para mi un inmenso honor. Debo mencionar con toda justicia que el Bibliotecólogo Hugo Mazzeo, colaboró en la descripción de los documentos con toda profesionalidad y con el respeto y admiración que sentía por la figura de BATLLE).

Dora Isella Russell publicó en el Suplemento dominical de El Día de fecha 20 de enero de 1966 “El diario de una agonía”, un emotivo relato sobre las anotaciones que hiciera Ana Amalia en su diario. Escribe Dora Isella: “Manos queridas, han puesto en las nuestras, en este mes de enero que fue el de la partida de Ana Amalia, un patético documento entrañable, guardado con piadosa reserva por sus familiares, a quienes costó mucho esfuerzo leerlo alguna vez. Ingenuamente la autora advierte: “No quiero que nadie lea esta libreta, sin mi permiso...” se lo pedimos a su memoria, a más de medio siglo de distancia”.

Lo inicia el 5 de noviembre de 1912 y su última anotación es del 24 de diciembre, un mes exacto antes de morir. “Bajo esa fecha inicial, Ana consigna su enfermedad: “Hace 6 meses y 17 días que estoy enferma!. Cuál es mi enfermedad, no sé seguro, pero me inclino a creer en una... Yo se los he dado a entender varias veces en casa, que yo conozco lo que tengo”.

Escribe Dora Isella: “Duele y conmueve la lectura, agobia, aunque jamás trasunte desesperación, queja, rebeldía; apenas si insinúa el gozo que sería poder caminar, volverse a sentir sana. pero sin un grito, sin una protesta. Fluye una apaciguada serenidad; la convicción, acaso, de lo irremediable, apenas disimulada por el afán de quererse convencer de que aún queda alguna esperanza”.

Batlle relata minuciosamente en sus cuadernos todos los intentos por salvar a su hija; nada era imposible realizar: “Dentro de los medios de que dispongo yo no ahorraré sacrificio pecuniario” anotó cuando se pensaba llevarla a Europa para su cura. Los médicos no lo aconsejaron: la enferma estaba muy débil y no hubiera resistido el viaje...

En una de sus libretas escribió: “Estas líneas son hijas de un deseo de llorar...Son una queja...también una ofrenda, un homenaje: flores que deposito sobre su tumba con el rocío de mis lágrimas; inscripción que grabo en su losa funeraria...Son, a más, caricia a la esperanza de hallarla, algún día, no sé dónde, en el seno del inconcebible infinito; protesta contra el olvido que, como la obscura hiedra, cubre poco a poco los sepulcros. ¡Oh, Ana Amalia!. Yo no te doy aún por perdida! ... Espero! ...En tanto, ¡que viva en el recuerdo la suave y dulce voz de tu sonrisa, la purísima serenidad de tu mirada, tus líneas helénicas, tu aroma de flor, la claridad de tu razón, la austeridad de tu carácter; tu ser todo, aureolado de lealtad, de bondad, de poesía...!”

Matilde hacía sus anotaciones en una libreta que perteneció a su tía Matilde Stewart, en la que registró la muerte de tres hijos: “El 8 de febrero de 1894 murió nuestra hijita Amalia Ana Batlle Pacheco, a la edad de diez y seis meses. Calle Jackson. Montevideo. El 17 de junio de 1897. Murió mi hijo Juan Luis Michaelsson Pacheco a la edad 18 años y medio. Calle Rondeau. Montevideo. El 24 de enero de 1913. Murió mi idolatrada hija Ana Amalia Batlle Pacheco, a la edad de diez y ocho años y dos meses. En nuestra chacra de Piedras Blancas. Montevideo”.

Siguió haciendo anotaciones como si mantuviera un diálogo con su hija a quien no se resignaba a considerar muerta. ... “Hace dos años recogimos una chica huérfana que no tiene a nadie en la vida. Tu padre se ha nombrado tutor de ella y yo en tu memoria la cuido y educo como si fuera nuestra”. “Ella sabe que tú eres su protectora y cuando se levanta besa tu retrato y lo mismo a la hora de acostarse. Es muy viva e inteligente. Se llama María Matilde Batlle y creo que si tú hubieras vivido, hubieras sido tú la que la hubieras recogido al verla tan chiquita y tan sola en la vida”. (25 de Noviembre de 1920)

Al final hay una frase escrita por Don José Batlle y Ordóñez que dice: Matilde no olvidó jamás a su Ana Amalia. Marzo de 1926.

(Matilde falleció el 13 de febrero de 1926)

Queda aún una página sin escribir, la de Mariquita, como cariñosamente llamaban a María Matilde Batlle...

<<Portada>> << Indice cronológico>>